viernes, 18 de diciembre de 2015

Perfección

El asesino había planeado todo. Iba a cometer el crimen perfecto. Lo repasó una última vez, paso por paso, en la secuencia imaginaria que proyectaba en su mente. Sí, un crimen verdaderamente perfecto. Nunca sería encontrado ni culpado de nada, pero no a causa de la incompetencia policíaca, sino por su talento. Estaba seguro. Al final, tras tanto escepticismo, la perfección existirá. La creará con sus manos, invisibles. Como un dios.
Esperó a que la calle quedara vacía. Se bajó del auto y tocó el timbre.

Días después, los investigadores confirmaron el suicidio de su víctima. No hubo otra explicación para ellos, los que persiguen huellas y pistas.
Más días después, investigadores, prensa, vecinos y los dos o tres familiares que se percataron de la muerte se olvidaron de todo aquello. Es el día de hoy que nadie siquiera sospecha del asesino.
Y el asesino se siente miserable.
El crimen ha sido perfecto. Pero nadie se enteró.

domingo, 27 de septiembre de 2015

Quiero soñar que camino

Quiero soñar que camino en un bosque en el que no existan historias. En el que no haya lobos feroces, ni juegos de escondidas, ni senderos que se bifurcan, ni voces que susurran. Quiero que ninguno de los árboles de ese bosque se parezca a otro o a mí, que sean asimétricos y que no formen pasillos de ningún tipo. Quiero que crezcan como si una mano invisible y gigante hubiera lanzado semillas desde una nube. Quiero que esa mano tampoco exista. Y que el sol sólo proyecte la sombra de las cosas y que se oculte en el oeste.
No quiero que ninguna bruja salga a mi encuentro. No quiero ver alas de ángeles cruzar el cielo, ni encontrar cabañas con cortinas que se muevan, ni vislumbrar paraguas que se sostengan solos, ni cruzarme con personas vestidas de azul que regalan verdades, ni sorprender a hadas desnudas en un lago. No quiero que ese lago sea un espejo.
Quiero que el bosque del sueño en el que camino no sea tan grande, ni que sea de metal y vidrio. Quiero caminar hasta su centro metafórico y descubrir que no conozco lengua alguna. Y que no puedo pensar en palabras, sino en imágenes, en colores.
Quiero soñar que camino en un bosque. En un mundo donde los bosques y los finales no existan. Y que de alguna manera, el despertador no suene.

martes, 14 de julio de 2015

Bocinas

Por alguna razón, las bocinas de los vehículos en la Ciudad funcionan mal. En realidad no es que no se sepa la razón, sino que se figuran varias. 
Dicen que podría haber empezado una noche en que un conductor aburrido que esperaba el semáforo, tocó bocina a lo loco emocionado al ver a una bruja cruzar el cielo en escoba. Tanto bocinazo injustificado ofendió a la bruja, y entonces puteó al conductor y lanzó esta maldición endiablada sobre la Ciudad. 
Se supone que es desde ese día que las bocinas no funcionan como quieren sus usuarios. O no suenan o suenan sin que nadie las toque, o suenan demasiado fuerte y aturde al tránsito, a veces provocando más choques, o suenan como el grito de una película de terror, o suenan imitando el ritmo de alguna canción de cancha, o incluso a veces pareciera que las bocinas conversan entre sí.

Otros hablan de una gran familia de mecánicos rusos que, hace muchos años, en una noche de borracheras, quisieron fastidiar a la Ciudad entera, así que arruinaron las bocinas de todos los autos habidos y por haber. 
La mayoría que escucha esta historia no puede estar de acuerdo con la hipérbole del "habidos y por haber", y en muchos bares, éste es un tema de discusión muy recurrente entre los que ya van por la segunda ronda. Que cómo un pequeñito grupito de personas va a hacer tremenda operación en una sola noche, que encima estaban borrachos borrachos, que sí, que la historia es una tontería, que no explica por qué andan mal las bocinas de hasta los turistas, que no escuchaste, que la historia dice "los autos habidos y por haber", que o sea son también los que vienen después, que vos te pensás que los mecánicos estos están todas las noches jodiendo las bocinas de los demás autos , que puede ser, que por qué no, que eso es chamuyo chabón, que más chamuyo serás vos, que qué te pasa a vos, que encima eran rusos los boludos, que qué tiene que ver, que eso es discriminación, que yo soy un cuarto ruso flaco, que qué te pasa, que ya está, que tranquilícense todos, que qué te pasa a vos, que piña que va, que piña que viene...

En una oportunidad, llegaron a la Ciudad uno de esos programas de lo paranormal. Querían saber si el rumor de las bocinas era cierto, y querían comprobar fehacientemente la razón del fenómeno. La gente por la calle les preguntaba cómo iba la investigación, y ellos contestaban que tal vez fuerzas inteligentes no-humanas ni terrestres ni comprobables podrían estar detrás de todo esto. Algunas personas se sorprendían, se sacaban fotos con ellos; otros los mandaba a lavar platos.
Lamentablemente, no lograron investigar nada porque a un taxista apurado no le funcionó la bocina y los atropelló. Por suerte las ambulancias llegaron pronto (porque las sirenas sí funcionan bien). Estuvieron en el hospital algún tiempo y apenas se recuperaron, tomaron sus cosas y se fueron.

La gente de la Ciudad ya está acostumbrada al problema de las bocinas, por lo que tienen un especial cuidado al cruzar alguna calle. El mayor problema ahora es cuando a veces, ya entrada la noche y pocos están conduciendo, la mayoría de los vehículos que están estacionados en los cordones o en los garages comienzan a sonar sus bocinas, haciendo a los perros ladrar, despertando a todos los barrios. Dicen que esto pasa cuando la bruja que lanzó aquella maldición vuelve a cruzar los cielos de la Ciudad, y se divierte a carcajadas desde su escoba.
Mi mamá me contó que una noche de verano esa bruja la ayudó a colgar la ropa. Me contó que se lo dijo, pero no recuerda su nombre.

sábado, 6 de junio de 2015

El otro pacto fáustico

Mandinga se bajó del taxi en la puerta del bar gitano, transformado en un joven zaparrastroso, con ropas superpuestas de colores descuajeringados y zapatos de rojo gastado. Entró al lugar y se aproximó a la barra, sin prestarle atención a la música inacústica ni a la sarta de pecadores que ocupaban las mesas. Éstos tampoco le prestaron atención a él. Los hippies no caen muy bien allí.
El Gitano lo estaba mirando desde que entró, y antes de que Mandinga dijera nada, dijo:
- Ya avisé que no te voy a dar nada.
- No seas tonto. Es una de las mejores ofertas que hice esta era.
- Aun así no voy a darte nada.
- Sabés que no me cuesta nada cerrarte este antro, ¿no? Con señalar el agujero que tenés en la pared alcanza.
- Hacelo - desafió el Gitano-. Esto no está abierto por economía, y aunque se cierre, nos pertenece. Esta bar ya no es tu Bar. Este pedazo de mundo es nuestro.
Mandinga se enderezó, con tal sombra que desmentía el disfraz colorido que llevaba.
- No te confundas. Un pedazo de mundo recrea el mundo entero, un retazo pluraliza el total, un fragmento es en potencia todo lo que falta y todo lo que ya es. No te confundas, gitano. El infinito es mi dominio. Y todos sus rincones son míos.
Y sonriendo con sus dientes maliciosos, se alejó de la barra con paso firme. 
Observó en una esquina del bar a una figura solitaria que se inclinaba sobre la mesa al escribir sobre un papel. Era un tipo alto. Mandinga se acercó a la mesa y mirando el vaso rojo ya vacío, preguntó riendo:
- ¿Cómo la estás llevando, eh? Vale, y también valerá, la pena el pacto, ¿verdad?
El Poeta se levantó y endureció sus ojos bajo el ala del sombrero. Tomó su maleta llena de papeles y se fue del bar. Mandinga sonrió al leer el papel sobre la mesa que rezaba "No".
Entonces el joven saparrastroso también se fue, y los borrachos se despidieron con burlas. Detrás de él, salió por la puerta el Gitano y miró por la vereda. Dos figuras oscuras se alejaban caminando en direcciones opuestas, espejadas. Imposible definir qué sombra era quién. Quién era la de quién.

El Gitano volvió a entrar al bar y lo vio vacío. Completamente. Escuchó las palabras de Mandinga de nuevo en sus ojos, y tuvo miedo.
Para sacarselo de la cabeza, corrió a la barra y gritó sonriendo que la próxima ronda la invitaba la casa. Todos los gitanos y borrachos festejaron la noticia.

sábado, 16 de mayo de 2015

El olvido de los dioses

Lanzas de dioses olvidados rajan el cielo de dioses olvidados.
Y más allá, en el rincón más recóndito del Infierno, un acólito del diablo llora al descubrir que el diablo siempre fue él.
Y es como la pena mía, como cargar un gran espejo sobre mi espalda. Y dios no me ve. Ve una nube.
Es que el otro día pensaba en amar y en cómo se vería la lluvia en otro lugar que no sea este. Sin el tiempo, sin la obligación que tiene de caer. Me imaginé flotando rodeado de la lluvia. Y pensé mirando alrededor, qué tristeza la infinidad donde no llueve.
Les juro que por esto estoy muriendo. Estoy a punto. Y la vida no tiene intención de pasar delante de mis ojos. No. Se va por atrás y con miedo. O tal vez es la vida la que me mira y no yo a ella. Y me mira como se mira la luna a través del esqueleto de un edificio.
Yo estaba en un colectivo cuando supe que no iba a poder escribir esto nunca. No porque no tuviera lápiz. Sino porque no significaba nada. Porque el colectivo siguió incrustándose en la pared, y los vidrios estallaron sin importarles.
Les juro que por esto estoy muriendo. Que no sé lo que escribo cuando escribo. Y esa idea suele gustarme. Si alguien lo descubriera, por favor, no me lo diga.

Y pienso: qué tristeza la infinidad donde no llueve.

Los que habitan las sillas vacías

Los vemos constantemente. En nuestras casas, en las salas de espera, en las plazas, en las escuelas, en los colectivos, en las fiestas, en las bibliotecas, en las pizzerias, en las estaciones de tren. Mi mamá una vez me habló de los que habitan las sillas vacías. Me dijo que ella, cada vez que se sienta en alguna silla, le agradece al aire, porque sabe que alguien le está cediendo el lugar. Me dijo que no le crea a nadie que me diga que son fantasmas. Que no le crea a nadie que me diga que los fantasmas no existen, ni que tampoco la soledad.
Los vi. Creo que nadie no los vio nunca. Y me entristecen mucho estos seres, así de solos, así de inexistentes, que se sientan en sillas para ser algo, para no desaparecer. Cumplir la fantasía de ser.
A lo mejor se sientan a esperar.
A lo mejor se sientan a llorar un poco.

martes, 24 de marzo de 2015

En este haiku / Confieso que siempre fui / Mentiroso. (V)

Sucede a veces,
Cuando el alma gime
Detrás de mi voz.

No encuentro el cielo. 
Ese que debía mirar
Cuando partieras.

Hay algo de vos
Que recordaré feliz
Como un regalo.

Soy vagabundo
En un barrio enfermo
De hombres sin alas.

Son nuestros cuerpos
Los que bailan la canción.
¿Los llegás a ver?

Yo, Yo, Yo y Yo.
Señalame cuál de ésos
No sabe sonreír.

Arriba o abajo
A algún lado, no importa.
Aquí, da miedo.

Hay autómatas
Que construyen mis sueños,
Pero no duermo.

Siempre oculto.
Inventor de relojes
Sin cuerda alguna.

Sobre la cama.
Marioneta de muerte
Con manos blancas.

Apaga la luz.
La sombra se refleja
En mis pasillos.

Nos construimos.
Camino de dominós
A cada paso.

Y detrás de él
Salió en su búsqueda,
Solo, su alma.

En mis loqueros
Las camisas de fuerza
Son los abrazos.

sábado, 14 de marzo de 2015

El miedo a lo oscuro del parpadeo

Una vez me dijeron, o leí que me dijeron, que las nubes que pasan lento por el cielo naranja son aquellas que se perdieron después de una tormenta. No sé si eso tiene algo que ver con nada, con algo, pero de alguna forma las palabras comenzaron a escribirse. Aunque no las escriba, siguen escribiéndose en un plano invisible, como un tatuaje del otro lado de la piel. Porque es una mentira que escritor es el que escribe. Mentira que lector es el que lee. Mentira que poeta es el que siente. Mentira que mentiroso es el que miente.
Me temo que cada vez (me) entiendo menos, cada vez menos (me) sé . 
- ¿O es que temés que te guste?
- No sé.
Atrás de la pared del armario donde guardo mis yo muertos y mis chistes viejos, hay otra mano que sostiene un rosario roto, hay otra mano que toca la piel de hueso. A veces la escucho crujir, gruñir, como las calesitas de barrios olvidados acá a la vuelta. Pero ya le temo a tantas cosas que por reales que sean todos los dedos y los huesos, no les temo. (Mentira.)
- Encontré en el cordón de la vereda un papel con una lista de cosas que hacer para la Navidad pasada. Lo primero es estrenar algo naranja. Después dejar una silla vacía y comida servida frente a ella, como si alguien fuera a llegar en cualquier momento. Dice que hay que buscar por todos lados, por los cajones, armarios, debajo de la cama, pero no dice qué buscar. Dice que hay que cenar después de la 00:00. Y comer mandarina de postre.
- Quien realmente haya hecho eso, tiene mucho miedo.
- ¿A qué?
- No sé. A la muerte, a lo oscuro del parpadeo. A que nadie ocupe la silla, o a no encontrar nada debajo de la cama. 
- Lo bueno de los miedos, es que muchos no son racionales. 
- ¿De dónde dijiste que lo sacaste al papel?
- Lo encontré en la calle.
- ¿Me lo regalás?

No sé si todo eso tiene que ver con nada, con algo.
Mentira. Sí, sé.
Mentira que poeta es el que miente. Mentira que mentiroso es el que escribe.
Mentira. No, sé.
No sé.
Pero allá vuelve la tormenta, al final de la calle, a buscar las nubes que olvidó.

La señora a la que todos saludan

Hay una señora a la que todos en la Ciudad saludan. Pasea a pasito veloz y sonriente, ya sea con su carrito de compras, paseando al perro o estrenando vestido. Se la ve por todos lados, y cada vez que se cruza con alguien, la saludan. Y es una acción tan simpática como involuntaria. Cuestión importante, porque en ese saludo espontáneo de agitar la mano, inclinar la cabeza o mencionar un nombre, yace, no sólo el misterio arbitrario del universo del cual surge la pregunta de dónde sale el impulso de saludar a la mujer, sino que también yace la completa ignorancia de quién es esa mujer. 
Nadie en la Ciudad sabe quién es, ni de dónde vino, en qué calle vive... Es decir que, cuando pasa por una parada de taxis y el tachero la saluda con un "Buen día, señora Silvia", en realidad el hombre no la conoce, ni sabe si Silvia es su nombre en verdad. Pero el impulso indescifrable es ese. Así, a la señora la llaman Silvia, Ofelia, Rachel, Raquel, Graciela, Doña Eva, Doña Carola, Doña Juana, Doña Cora, Señora Josefina, Solange, Berta, Sofía, Clara, Ashley y Marcela en menos de dos cuadras. Peor es cuando el mismo carnicero la llama Mademoiselle Juliette a la mañana y Rosa por la tarde.
Muy pocos se atreven a sospechar que esta señora es en realidad un fantasma. O por lo menos, el reflejo de una mujer en otra ciudad. La mayoría sólo confirma el hecho de que no importa quién sea o de dónde venga, y se conforman con divulgar la creencia de que si alguien acierta en saludarla con su nombre verdadero un día viernes entre las diez de la mañana y las dos de la tarde, se le cumplirá un deseo.
La señora, por supuesto, no se entera nunca de nada de esto. Ella sólo desea algún día conocer el nombre de todas esas personas que siempre la saludan. Aunque algunos sospechan que en realidad, el universo le tiene prohibido conocerlos.

miércoles, 7 de enero de 2015

Niño de ceniza

Anoche me visitó un niño de ceniza. Él me dijo que lo llamara así, y así lo hago aunque recuerde un nombre, pero es un nombre que me quedó rebotando en la mente, y lo más probable es que sea un nombre que haya soñado o inventado esta noche para él.
Había logrado dormirme abrazado a la almohada, dejado de la sábana arrugada, en donde en alguno de sus pliegues seguro comenzaba a perderse un libro. En algún punto comencé a soñar con un incendio. Nada fuera de lo normal. Los incendios, las diagonales, los pasillos, el mar, son lugares oníricos comunes para mí. Y entonces un olor se infiltró en mi nariz y el incendio crecía más y más. Podría ser fuego, pero no, era algo distinto: un olor a viejo, o al pasado, a lo que ya no existe, como un olor a árbol consumido por las llamas cuando el viento ya lo sopló. Abrí los ojos y llegué a temer un incendio de este lado de los párpados, pero me tranquilicé al ver a un niño ceniciento y agrietado parado al lado de la oscuridad de mi cama, mirándome con ojos carbón. No tenía cara de niño. Era algo como una imitación un poco monstruosa de un rostro infantil, pero le creí cuando me dijo:
- Hola. Soy un niño de ceniza.
No tuve intención de encender el velador. No solo porque la lámpara se había quemado antes, sino porque sentí que le molestaría. Yo podía ver su figura de fondo de cenicero y él supongo que podía ver mi rostro de viejo en cama a las dos de la mañana. Eso también lo supuse, porque al reloj no le funcionaba la batería.
- ¿Tenés miedo? - preguntó.
- Sí.
- ¿De mí?
- No, no de vos.
- ¿A qué le tenés miedo entonces?
- Todavía no lo sé. Aunque sospecho que a mí edad se me permite temerle a todo. O capaz era al revés y no le debería temer a nada, no me acuerdo.
El niño se rió con una tosecita que lanzaba ceniza de su boca vacía. Miró alrededor, los muebles donde se amontonaban los libros y los papeles sueltos, las dos o tres fotografías que guardo, el cuaderno debajo de la silla que un día se me cayó y nunca más levanté, el armario pequeño... 
- ¿Estás bien? - pregunté. Que observara tanto me intimidaba. En la oscuridad, los rincones son más hondos.
- Estoy aburrido - dijo el niño de ceniza haciendo un gesto de berrinche con los brazos- ¿No tenés nada divertido acá?
- Tengo libros.
- Yo no puedo leer - dijo triste.
- ¿No sabés leer?
- No sabría decirte... No veo lo vos comprendés por "ver", así que...
Me di cuenta de que estaba tratando al niño como a cualquier otro niño humano, o como al fantasma de un niño humano.
- ¿Quién sos? - pregunté entonces.
- No sabría decirte. Creo que durante algún tiempo fui, pero ahora no estoy seguro. No me siento ser. ¿Vos te sentís ser?
- Tampoco sabría decirte, sinceramente.
- Entonces en eso nos parecemos - dijo el niño de ceniza y rió de nuevo con esa tosecita.
- ¿No tenés nombre? - de nuevo pregunté.
- Yo ya me presenté. Vos sos el maleducado que aún no lo ha hecho.
- Uh, es verdad... Bueno, soy Tomás, mucho gusto - y le extendí la mano, pero el niño de ceniza no me la estrechó.
- Comprendeme. Si te toco puede que me deshaga, no lo sé muy bien.
- No sabés muchas cosas sobre vos mismo. ¿De dónde venís?
- Creo que de acá mismo.
- ¿De mí habitación?
- Creo que sí, no lo sé...
- ¿Y si te pregunto qué hacés acá...?
- No creo que obtengas mejores resultados.
Nos quedamos un momento así, callados. Ninguno de los dos entonces sabía mucho acerca ese niño ceniciento. Pero no era algo malvado, podía sentirlo, sólo estaba aburrido.
- Si no sabés leer, ¿querés que te lea algo? - propuse.
- Está bien.
Moví levemente las cortinas para que entrara suficiente luz de calle para iluminar las pequeñas páginas de un libro y que el niño de ceniza permaneciera en las sombras. Iba pasando las páginas y le mostraba los dibujos e incluso de vez en cuando el niño preguntaba algo. Se había acomodado al pie de la cama, donde la luz no lo alcanzara y se rió un par de veces con su tosecita gris. De a poco le iba entrando el sueño, y antes del amanecer, antes de terminar el libro, el niño de ceniza se durmió, acurrucado en un rincón de la cama. Yo seguí leyéndolo hasta al final porque también extrañaba a ese pequeño príncipe, al ser niño, y después de apreciar la simpleza de dos colinas y una estrella en una última página, yo también me dormí.

Desperté con el sol molestándome la cara y con El Principito en la mano. El niño de ceniza ya no estaba. Miré alrededor, en el resto del departamento, pero no estaba. Me sentí triste. No había un sólo rastro de ceniza en la cama ni en ninguna parte. Traté de recordar, pero no era algo preciso: sólo tenía presente una figura de fondo de cenicero y un nombre. Un nombre que era el mío, pero de algún modo, a él le quedaba mejor.

jueves, 18 de diciembre de 2014

El Poeta (VI)

En mi vida, me crucé un par de veces con el Poeta. Es un tipo alto, envuelto en silencios grises, que escribe con lapicera negra, o tal vez roja.
Hace un par de años, lo vi caminando por una calle cualquiera, y no sé por qué urgencia me nació el impulso de seguirlo. Y así lo hice. Lo perseguí por las calles y diagonales turbias de la Ciudad, doblando y doblando y doblando y doblando en las esquinas. Esquinas iguales a otras esquinas, tal vez iguales a las de otras ciudades, a la del Mundo.
El Poeta sólo caminaba, contra el viento y el azar como a él le gusta, sin mirar las casas o las vidrieras, sin preocuparse porque se le volara el sombrero hoy de color azul o los papeles medio salidos de su maletín, sin prestarle ni siquiera atención a quienes lo seguían. Porque en ese momento noté que otras personas también estaban siguiéndolo, por la vereda de enfrente, detrás de mí, en autos que avanzaban lento y sin ruido, incluso algunas cortinas de edificio se movían a su paso. El Poeta sólo seguía caminando, tranquilo.
En una esquina azarosa, el Poeta dobló de nuevo. Como lo hice antes, unos segundos después doblé yo, pero no estaba. Ya no estaba. El Poeta había desaparecido. Había un par de sombras correteando en las paredes y jugando debajo de los faroles, pero ninguna era la suya. Ninguna era la de nadie en realidad. Miré a mi alrededor y todas las personas que lo seguían tampoco estaban. Nadie en ninguna vereda, sólo autos muertos estacionados y todas las cortinas cerradas y blancas. La esquina se oscureció en un segundo y descubrí dónde estaba. Al sol le da miedo ese barrio y se esconde detrás de los edificios, ahora negros, con sus puertas cerradas que dejan salir a jugar a todos los fantasmas.
Me perdí. Ese barrio no es un barrio de la Ciudad, y esta esquina es todas las esquinas de la Ciudad y el Mundo. Mi casa, la plaza, el fondo del mar, Londres, su habitación, la casa de Asterión, la Rua Dos Douradores, el baño de la escuela, el último piso construido de la torre de Babel, el galpón detrás de las vías, el cabaret Satori sobre Artigas, la casa del Poeta, la terraza de mi vieja casa de Buenos Aires, el monstruoso pasillo que esconde el mostruoso libro en la Biblioteca Nacional, el bar gitano, la tumba de la Maga. Todo podría estar acá a la vuelta. El Poeta lo sabía. Así, nos desapareció a todos, y ahora estoy perdido en todos lados al mismo tiempo. 
El Poeta ya debe estar sentado frente a la ventana gris, deseando escribir. Porque él es un hombre de Mundo, de esquinas y laberintos. Yo no. Yo soy hombre de rincones.
Por eso estoy perdido. No quiero doblar la esquina.
Estoy perdido y oscurece. Y las sombras alargadas ya me miran, implorándome que vuelva a casa.

sábado, 22 de noviembre de 2014

La Fábrica de Promesas

CASO #28

Prometí algo un día, pero no recuerdo qué fue. No me gusta romper mis promesas, mi mamá me enseñó que no se deben romper porque podés tener problemas con los de la Fábrica de Promesas. Por eso tengo miedo. Yo sé que está a unos kilómetros de la Ciudad, y que ahí hay cientos de ingenieros y obreros de la abstracción que diseñan y construyen todas las promesas que realizamos. Tienen muchos altibajos en su manufactura: hay temporadas en las que logran que hagamos promesas de lo más originales y profundas tales como "Prometo no volver a ponerme los calzoncillos amarillos abajo de la malla blanca", "Cuando tenga un perro le voy a poner Platón para escribir "Platón" en su platón de comida. Vas a ver, te lo prometo", "Te prometo que uno de estos días agarro a mi vieja, la subo a un avión y le pago las vacaciones" o "Prometo que desde mañana voy a estudiar todas las mañanas"; y hay veces en que nos salen sólo promesas estúpidas como "Mañana me inscribo como astronauta y te traigo esa estrella, te lo prometo", "Prometo no bailar nunca más borracho ni beber mientras bailo", "Prometo que desde mañana voy a estudiar todas las mañanas".
Me acuerdo que hace varios años un chico les había hecho un juicio porque le prometió a su novia una de esas promesas estúpidas (algo relacionado con cortarse el pelo, algo por el estilo) y como no la cumplió, la chica le cortó. No el pelo, la relación, quiero decir. Técnicamente, no fue culpa de él prometer algo tan estúpido, así que sólo por la furia de la situación inició acciones legales contra la Fábrica de Promesas. La Fábrica perdió el juicio y tuvo que indemnizar al chico por varios millones. Estuvo cerca de la quiebra incluso. Todo esto salió en el diario, me acuerdo. Pero fue por la época en que todos decían que Clarín mentía, por lo que nadie creyó la noticia, y todos siguieron prometiendo como si nada. Fue un error.
Luego de recuperarse del juicio, la Fábrica de Promesas comenzó a contratar agentes especiales que se encargasen de que las personas cumplieran las promesas que realizaran. Entonces, de un año al otro, la Ciudad se llenó de Agentes de Promesas que se paraban con sus sombreros en esquinas donde estadísticamente se realizaban más promesas. Cada vez que un Agente escuchaba una promesa, anotaba la promesa en una libreta y comenzaba a seguir al prometedor. Lo seguía todo lo necesario hasta verificar que haya realizado su promesa, y si veía que el prometedor estaba a punto de romperla, lo impedía del modo que fuese. Esto podía durar la vida, como duran algunas promesas. La vida del prometedor o la del Agente. Si el primero moría, el Agente tachaba la promesa en su libreta e iba en búsqueda de otro prometedor; si el Agente moría, otro ocuparía su lugar.
Muchos se han quejado de sus métodos, ya que pueden ser muy extremos. Por ejemplo, un amigo me contó que su abuelo había prometido nunca más ver un partido de River, y en el último superclásico se le antojo verlo, pero justo cuando estaba cambiando de canal un disparo atravesó la ventana y destruyó el televisor. Del edificio del frente un Agente de Promesas se acomodaba el sombrero. Pero esas quejas son de aquellos que no saben lo que realmente esta sucediendo hoy en la Ciudad. He escuchado casos en los que llegan a matar al prometedor que no cumplió alguna promesa muy importante. Son muchas las muertes sin resolver de las que se sospecha de los Agentes de Promesas. Hoy la gente vive con miedo de prometer cosas.
Antes de implementar la idea de los Agentes, la Fábrica había reformulado su política y reglamentación, que fue firmada y abalada por los correspondientes funcionarios y burócratas, pero fue todo tan sutil aquello, que nadie se esperaba la vigilancia y amenaza perpetua de los Agentes. También, está la cuestión de que la sociedad de los Agentes funciona de forma aislada y autónoma, no tiene relación legal con la Fábrica. No existe, no se ve, nadie conoce nada. Funcionan más bien como una mafia organizada en dos bloques, aunque nadie sabe muy bien cómo es que lucran estas personas. Lo que sí se sabe es que los Agentes son peligrosos, pero la Justicia por alguna razón que no comprendo está maniatada además de ciega. A lo mejor también prometió cosas.
Yo sé que prometí algo un día, pero no recuerdo qué fue. Y últimamente vivo en la duda y el miedo. Ando en mi vida pensando que en cualquier momento podría estar rompiendo la promesa sin saberlo y que aparecerán los Agentes. No sé si fue una promesa importante o una estúpida, no sé nada de eso. Temo que lleguen. Podrían estar ahora detrás de mi puerta, esperando el momento para tirarla abajo, o apuntándome a través de la ventana desde algún edificio. De todas formas, no creo ser tan importante como para eso. Esta entrada al blog no cambiará al mundo ni destruirá la mafia de la Fábrica de Promesas y sus Agentes. No soy ningún radical, sólo alguien que hace de las verdades una ficci


* Dejé este archivo de texto tal cual lo recuperé de la computadora de un amigo hace un par de meses, luego de que lo hayan asesinado en su departamento. Le dispararon a través de la ventana y murió frente a la computadora mientras lo escribía. Todos saben qué sucedió. Quiénes lo hicieron. Este es el caso #28. Y como en todos, no queda ninguna pista ni huella que seguir. Sólo el cadáver y el miedo. La gente vive con miedo de prometer cosas. Y yo, vivo con la culpa de haberle hecho prometer, hace muchos años, cuando todavía esto no era un caos invisible, que nunca escribiría sobre mi trabajo.

Pared

- Cerrá los ojos y vení conmigo.
Sin miedo los cierro y la tomo de la mano. La oscuridad de mis ojos se metamorfosea en la oscuridad del mundo. Mis pasos intentan seguir los suyos que los guía, pero la realidad es que podría estar solo. Solo en el mundo oscuro, siguiendo sólo ruido, los ecos de sus pasos ya dado un millón de veces antes. Podría estar sosteniendo una mano fantasma y tampoco lo sabría, pero fantasma o no, sé que existe, yo la siento fría y sólida, me guía por el pasillo hacia el silencio último de todos los pasillos y puertas.
Con la otra mano puedo rozar la pared, retazos y fragmentos de sonrisas, una pared que aun sin mirarla estaba sin pintar, un rincón del aire que tampoco conocí, una lágrima indecisa en el ojo, un despertar de pesadilla. Siento la pared más cerca y más fría, cada vez más cerca. La mano que me guía aprieta más fría y más fuerte, cada vez más fría. Mis pasos siguen avanzando pero como si no hubiera habido uno anterior. El suelo desaparece luego de tocarlo porque no lo siento, cada paso se esfuma en lo negro porque nadie los ve ni los oye. Siento la pared más cerca, ya no tengo casi que estirar el brazo para tocarla. Está más fría, más cerca, como la mano que me guía.
Sigo rozando fragmentos con la mano, pero ya no es la mano que pudo haberlos tocado o que los tocó alguna vez. Siento la pared más cerca. El pasillo ya casi se cierra. Puedo sentirlo en el aire que no tengo y que tampoco me falta. La mano fría me aprieta más fuerte pero no me duele. Sí, ya sé. No falta mucho. Quiero abrir los ojos y ver algo, aunque sea oscuridad, pero verla. Ver la oscuridad, como cuando abrimos los ojos antes de despertar. Pero dijo que cerrara los ojos, tengo miedo de que me suelte. La mano está más fría, me aprieta más fuerte y no me suelta.
Mi otra mano ya no puede tocar nada más. Todas las imágenes se comprimen en mi cuerpo y me aplastan. La pared me aplasta, sin dolor, y la mano fría tironea en sus últimos intentos. Sí, ya sé. No falta mucho. Pero mis pasos ya no pueden seguir a nadie. Enloquecieron al no escuchar sus propios ecos y se desvanecieron en ellos mismos. Creo que podría estar pasándome lo mismo a mí. Tengo frío.
La pared cerró el pasillo. 
Ya no hay pasillo. Ahora es pared. Creo que estoy dentro. Y la mano fría me sigue sosteniendo la mano fría. Me tranquiliza con una caricia de huesos. Mi otra mano está libre ahora, pero tampoco ve, ya no hay nada ni algo que ver. No toca ni el aire que no hay. Podría tocar la nada pero tampoco existe. Esto es lo Concreto. Sé que si abriera los ojos, tampoco vería. Aquí en sus huecos ver no existe. La mano fría me acaricia huesuda.
- No abras los ojos, que ya llegamos.

miércoles, 29 de octubre de 2014

En este haiku / Confieso que siempre fui / Mentiroso. (IV)

Desaparezco
Cuando el poeta ciego
Decide verme.

Un día contáme
Sobre aquella máscara
Que juraste ser.

En el silencio
Renacen otros rostros
Ya olvidados.

¿Dónde esconderse
Durante las ráfagas
De nuestro olvido?

Mi mente insiste
En fotografiar cosas
Que yo no lloré.

Memoria muerta. 
La esquina sin ecos.
La calle sin voz.

En mi memoria
Permanece tu sombra.
Vos ya te fuiste.

Todo nos miente.
Desconfiar es la clave...
(des)Confía en mí.

Negra la tumba
De mis antepasados.
Ya no hay flores.

Ayer un nene
Dormía en la vereda.
Hoy llueve mucho.

Son ya dibujos.
Naturaleza muerta
De otras veredas.

Si llego a dormir
Y tu sombra me abraza
Yo abrazaré sueños.

Es en tu canto
Que encuentro la mejor
Canción de cuna.

Siempre me encontré
En un beso que tu piel
Me da dormida.

Cien años después
Yo seguiré esperando
Un latido más.

martes, 28 de octubre de 2014

De donde vienen las sombras

La construcción de un otro siempre será secreta. Como secreto de espejos, sucedemos en los momentos en que nadie nos ve, y ahí es cuando morimos un poco. Angustia en el desgarro del otro lado de la piel, del otro lado de la carne y de los ojos. En cada rincón sucede el terremoto, y la sangre de la vida que nace detrás del hueso nos llena. Nos ahoga. 
La sangre nos está ahogando. 
La sangre nos está ahogando. 
La sangre nos está ahogando. 
Nos está ahogando. 
La sangre nos está ahogando y no es la nuestra. No. Es del otro que nace cuando nuestra sangre ya prefiere no ser sangre, y ser fuego. Y los huecos de la Muerte prefieren pasarnos de largo para que nos ahoguemos un poco más.
La sangre se drena por algún suspirar, y veces sucede que nos ahogamos de suspiros también. Pero el otro no nacerá en nosotros. No podemos morir enteros. El creador de los espejos nos ha robado ese derecho. Los únicos que mueren, son los vivos. Los únicos que nacen, son lo muertos. Y nacen sin cesar, de algún lado del espejo, aquel en el que nosotros no estamos. Susurré que estamos en el medio. El cristal nos parte al medio, y aun así, no nos desfigura. En ese segundo, la sombra es la que se alarga en paralelo, porque es la única que comprende la maquinaria del espejo que siempre será secreta.
El mundo podría caber en esa línea de cristal.

Escribir esto es inútil.
Mi mayor pecado es decir esto con el mayor sentido literal. Un libro me grita que hay metáforas más reales que las personas que pasan por la calle.

viernes, 10 de octubre de 2014

...Y los sueños, sueños son

Un principal problema con la vida como única forma de vida, después del problema que sugiere vivirla, es que cuesta creerle. Todo miente. Todo miente diciéndonos verdades a la cara, cachetada tras cachetada imaginaria. Cuando no puedo existir es el momento en que precisamente en algún rincón existo. Todo nos miente. Pero no hay que pensar en eso. Hay una puerta trasera del universo que siempre nos será oculta y hay un gran misterio que sabemos bien, pero que nunca descubriremos. Lo cubierto nos tranquiliza. Lo vedado nos atrae. Nos atrapa lo que se insinúa y se sospecha, pero no esa carne otra que es... 
No quiero (no sé) completar la frase.

Tal vez, en el último segundo, surge algo desde lo más latente del alma y las novias no quieren que se les quite el velo delante de la cara. A veces sueño que el mundo tiene un enorme velo de novia en la cara y que las personas ven todo como si pudiera ser real. Después se dan cuenta que ellos son sólo producto de mi sueño y me matan. Entonces despierto y apago el despertador. Voy sin abrir los ojos hasta la cocina porque me gusta el trayecto familiar y frío del departamento. Me preparo café y lo tomo hasta la mitad. Me visto sin intención y me calzo el sombrero. Salgo al pasillo y cierro la puerta. Recién en el espejo del ascensor me doy cuenta que yo no tomo café. Y despierto con el beso soñado de alguien, y me abraza y siento que la abrazo, hasta que sale del armario un cuervo gigante que nos come a ambos. Y despierto otra vez y tengo una vida tan conocida y real como la anterior, que se siente tan real como un sueño en el que te asesinan. Y vuelvo a despertar. Y nos pasamos la vida despertando de sueños.
Apúrense a leer esto antes de que despierten. O tal vez quieran hacer algo más interesante como volar un momento. Pero si leen esto, y me encuentran por la calle, agárrenme por la espalda y tirenme debajo de un colectivo. O si prefieren, dispárenme en la frente. Yo los entenderé, porque los estoy soñando. Y no ser real es bastante injusto.

sábado, 4 de octubre de 2014

Un pacto fáustico (II)

Mandinga se escurrió por uno de los inodoros del baño de la estación. Se acercó, transformado en un viejito con boina roja y bastón, a un joven que esperaba algún micro con valijas en los pies y cara triste. Se sentó a su lado.
- Todas las sombras pueden alcanzarte, pibe - dijo- Lo que hacés es tonto.
- Sí. Ya sé. Pero la Ciudad se me construye enorme a cada paso, no puedo quedarme. Todo me dice que huya.
- ¿Y qué le tenés miedo?
- A no volver. Temo convencerme tanto, tan bien, que no vuelva ni para verla a ella... Ni de lejos.
La estación estaba tan callada que ni las personas a su alrededor se escuchaban. Estaban solos, rodeados de los reflejos de aquellos que nunca ven ni son vistos.
- Te propongo un pacto entonces - dijo Mandinga- Yo te aseguro y logro que vuelvas y que la veas una última vez. A cambio, vos me das tu alma.
El joven observó detenidamente al viejito con su boina.
- ¿Sos el diablo? - preguntó.
- Sí.
- Pensé que no existías.
- Todo existe. En el momento correcto... Hoy, por ejemplo, existo. ¿Qué decís?
- Que no estoy seguro de querer perder el alma que hasta hace dos segundos no creía tener. Tampoco me parece un trato justo.
- No es tan grave - dijo Mandinga acomodando sus manos en el bastón- Es como perder la sombra... sólo que es más difícil conseguir una nueva.
- Ya perdí una sombra. Y no fue muy bueno. Tampoco quiero estar seguro de que volveré. Me volvería loco esperando eso. No quiero estar seguro de nada. Mejor dejémoslo al azar.
- El azar hoy no existe.
- ¿Entonces qué? - exclamó el joven- ¿Hay un destino y todo eso? ¿Qué sentido tiene el pacto, si todo está ya escrito?
- ¿Escrito? - rió Mandinga- Sos libre, pibe. Está en vos hacer o no hacer el pacto. Pero tu azar se limita en confiar si estoy diciéndote la verdad o no.
- Prefiero no hacer ni saber nada entonces, gracias - contesta.
Y jugadas sus cartas, Mandinga se aleja a paso lento. Un paso y bastón a la vez. Los reflejos comenzaban a ser personas disfrazadas de personas apuradas por tomar un micro.
- Capaz un día de estos sí exista el azar - dijo el joven a sus espaldas.
- Capaz - repitió Mandinga, y siguió caminando victorioso- Aunque sabés bien que ese día podría mentirte.
- Sí... Ya sé.

lunes, 11 de agosto de 2014

El mar ya no tiene significado

La hora que estoy seguro que no tengo se me escapa en un temblor, en un susurro, se me escurre, en los puños arrugados, en las líneas de las manos y el cuerpo. Va a llegar un momento en que todo ese tiempo ausente explote, en aquel reloj o en otro, en este, y explotará para siempre, esparciendo el silencio y los cuervos desde lejos hacia lejos. Entonces, ya nada me habrá mañana o ayer. Ya ni el mar tendrá significado.
La Ciudad se me construye enorme a cada paso. Más asfalto se vuelve, y más enorme se hace a cada paso, y más lluvia vieja piso entonces, y más pasos tras mis pasos a cada paso sospecho, sospecho que son mis pasos los pasos que piso mientras más enorme y lluvia se hace la Ciudad a cada paso, y más enorme se hace. ¡Y más enorme! ¡Y gris! Lluvia, rincones y veredas sin esquinas, que son pasillos justo antes de lograr el parpadeo. 
Yo sólo creo recordar el camino a casa, o a una casa cualquiera, media en ruinas detrás de un antifaz. En ruina también los ojos que no se pueden esconder.
- ¿Hay algo que pueda esconder los ojos?
- No. Porque los ojos no están sólo en los ojos.
No recuerdo quién dijo qué. Ni si fui yo, si estuve ahí... Pude haberlo imaginado. Como esta noche imaginaria de faroles rotos, tal vez sí sentida por mí, pesadilleada por mí, acurrucado en uno de esos cordones como un perro o niño de esquina. Y la lluvia nunca está de más.

Porque hay un rincón en el mar que nunca visité. Es que no me atrevo. Casi sólo por ese miedo me escribo: para que el espejo no me espere despierto, ni tampoco me sueñe, porque cuando llegue el momento, y el tiempo ausente explote, ninguna metáfora del mar me salvará de la tierra, que es mía, y ni siquiera quiero.

martes, 15 de julio de 2014

Burocracia infernal

Es curioso cómo todos los religiosos y los libros hablan del Infierno, de cómo las almas pecadoras serán atormentadas, pero no cuentan todo el tramiteo previo que hay que hacer para ingresar y finalmente comenzar a sufrir. El Diablo, así como todos se lo imaginan, es alguien muy organizado y riguroso: siempre calculador en sus ofertas, recto en sus contratos, que una firma aquí, un rasguño de uña allá, un poco de sangre del dedo medio acá y ya está. Se dice que sólo por diversión estudió Administración de Empresas en una universidad francesa el siglo pasado y que ahora es dueño de algunas multinacionales, pero el Infierno fue desde siempre un infierno burocrático. Algunas lenguas rápidas aseguran que también Max Weber era el Diablo en realidad.
En fin, las personas mueren. Sus cuerpos comienzan a desaparecer bajo la tierra, el fuego o el olvido. Si el Diablo las reclama, las almas descienden hasta sus dominios y aparecen en una inmensa habitación blanca, tal vez sea gris, donde otras miles de almas hacen una fila recta. Hay un pequeño cartel que dice "Saque numerito y haga la fila". El papel con el numerito arde sin consumirse, y como no existen los bolsillos allí abajo, las almas son torturadas con una levedad maléfica mientras esperan.
De vez en cuando se ven pasar seres grises sin forma precisa, como los restos de la sombra de un fantasma. Deambulan con un sentido misterioso a lo largo de la fila, observando con sus caras vacías a las almas. A veces se les da por molestarlas y se ponen a conversar entre sí gritando, o se paran demasiado innecesariamente cerca, y se rascan y tocen, o siguen deambulando por ahí como diciendo "Miren, nosotros podemos ir adonde queramos y ustedes no".
A diferencia de lo que creen algunos, existe la temporalidad allí abajo, sólo que de forma irracional, incomprensible. Los minutos y los años podrían ser la misma cosa dependiendo de un factor que no se puede descubrir. El único reloj que hay, en una pared lateral demasiado lejos como para verlo bien, es una mentira. El Diablo lo puso ahí porque le pareció gracioso.
Puede suceder que un alma esté llegando al escritorio al final de la fila y de repente, por un capricho del tiempo, vuelve a encontrarse en el fondo, atrás del todo. La mente se encuentra en una constante inestabilidad nula insoportable. No hay nada en qué pensar o ver de verdad. Sólo la fila y su final. Y los numeritos siguen ardiendo.
Cuando se llega al escritorio, hay uno de esos entes grises sin rostro o forma que pide el numerito. A veces dice que el numerito está mal y manda a las almas al comienzo de la fila. Otras, dice que tienen que esperar un momento mientras hace nada con su cara de nada. Otras veces pide nombre, fecha de nacimiento, cantidad de hijos y amantes, religión, datos del padre, de la madre, si se tiene conocimiento de algún pacto o contrato que éstos hayan realizado con el Diablo, si se tiene conocimiento de algún pacto o contrato que cualquier otro miembro de la familia haya realizado con el Diablo, posesiones materiales que se dejaron, y un etcétera muy grande. Si todo está en orden (de lo contrario, al fondo de la fila de nuevo), el ente gris les da un formulario con una larguísima y absurda lista de pecados en la que se debe marcar con una cruz aquellos cometidos. Al terminar, el ente compara y verifica con una lista propia que el alma en cuestión haya dicho la verdad (de lo contrario, al fondo de la fila de nuevo).
Si el alma efectivamente marcó todos los pecados que cometió en vida, el ente se deja poseer por la violencia de los sellos y biromes. Golpea y garabatea con fuerza el formulario y lo guarda en un cajón. Luego, con un "Muchas gracias" y un "Bienvenido al Infierno", le indica al alma la puerta roja en la pared del fondo detrás del escritorio, que es la misma que hay en la otra punta de la habitación, al principio de la fila, sólo que nadie la vio o ya nadie se acuerda en ese punto.

viernes, 11 de julio de 2014

Los Buscadores de Tristezas

Suele existir, generación en generación, un grupo de personas a los que se les llama Buscadores de Tristezas. La gente sin dos dedos de frente se los confunde con los masoquistas, pero en realidad son personas muy distintas, es más, los Buscadores de Tristezas detestan a los masoquistas. Éstos obtienen disfrute de la tristeza y el dolor. Los Buscadores de Tristezas no obtienen disfrute alguno en sus días, sólo creen desde el fondo de su alma que el sentimiento más verdadero y digno, después de la nulidad, es la tristeza. Sostienen que la felicidad y demás abstracciones de diccionario son cosa ficticia y que para vivir en el mundo real hay que alejarse lo más posible de todo eso. "La vida sólo nos llama para ser tristes", suelen repetir y repetirse.
Así, los Buscadores de Tristezas van por las calles esperando que la pesadumbre caiga con la lluvia o desde algún edificio. La mayoría de ellos prefieren vivir solos en departamentos pequeños de cuarto piso, sin muchas cosas que observar, con una sola ventana que no deje ver más que una pared y con pasillos llenos de ecos. 
Elijen también visitar solos cafés y restaurantes. Se sientan en un rincón, piden algo al mozo, se ponen a extrañar a alguien, no suelen terminar de comer nada de lo que pidieron y se van luego de unas horas. Otros Buscadores más experimentados saben que para mayor tristeza es mejor vivir e ir a comer acompañado, pero sintiéndose solo de todas formas.
Todos leen el diario lo más que pueden. Esperan encontrar alguna noticia absurda, notablemente triste, de grito sangriento y objetivo. Por eso siempre los ves caminando con un diario bajo el brazo, aunque también siempre llevan consigo objetos de gran valor sentimental, como libros, cartas, fotos y sombreros, con intención de que un día se les pierda sin saber dónde.
Ven películas tontamente tristes, pasan solos las fiestas, trabajan por un dinero que no les alcanza, no asisten a funerales porque buscan la tristeza de no haberse despedido de nadie, escriben por costumbre y por odio, hacen largas filas de burocracia sin esperanza alguna, caminan sin levantar la mirada del suelo.
Los que llevan mucho tiempo en esto, suelen ir a bares a angustiarse bajo un copa de alcohol y conocer a alguien. Buscan a alguien que pueda quererlos y que ellos puedan querer. Llegan a quererse y después se alejan sin explicaciones, para que duela más. Sólo buscan la tristeza propia, no causarla a los demás, por eso, cuando se dan estas situaciones, se ponen más tristes aún.
A veces los Buscadores de Tristezas deciden suicidarse. Pero en secreto. Sin escándalo, ni últimas palabras. Se suicidan naturalmente, acostándose en sus camas frías, sin sombras en los ojos, respirando sus latidos cada vez más lentos y solos. El resto de los Buscadores de Tristezas sienten pena, admiración, y se entristecen mucho. Pero nadie asiste a los funerales. Y a veces nadie se acuerda del cajón o de lo que hay dentro.